Sunday, January 1, 2017

El Perú, ni cohabitación ni fractura

El Perú, ni cohabitación ni fractura

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Por Álvaro Vargas Llosa
Apenas cinco meses después del estreno del nuevo gobierno peruano, se ha cumplido la profecía: el Congreso controlado por el fujimorismo ha lanzado un brulote contra la Presidencia de Pedro Pablo Kuczynski. Lo ha hecho censurando en el Congreso, en una sesión abracadabrante, al ministro de Educación, un hombre ampliamente respetado (con una fe tal vez excesiva en las bondades del Estado educador), que estaba llevando a cabo una reforma no exenta de coraje y rigor.


En el antifujimorismo -una fuerza considerable que, junto con la izquierda, y ambas cosas se solapan, dio a PPK la victoria en la segunda vuelta- cunde el temor de que el fujimorismo esté desarrollando una estrategia que desemboque en la vacancia presidencial. Algo así como el complemento del golpe de 1992: aquel lo dieron desde la Casa de Pizarro, este lo darían desde el Palacio Legislativo. Como opción preventiva, antifujimoristas de ayer y hoy proponen que el presidente utilice, en cuanto sea posible, un recurso constitucional extremo. Consiste en pedir al Congreso la confianza en el gabinete ministerial de tal forma que si le tumba dos seguidos, PPK pueda disolverlo legalmente y convocar nuevas elecciones legislativas que reduzcan la aplastante mayoría opositora.
A diferencia de buenos amigos míos y de gente a la que respeto, creo que Kuczynski hizo bien en no plantear la confianza en este primer episodio de un enfrentamiento que con toda seguridad tendrá futuros capítulos… y brindará ocasiones de llevar las cosas a ese terreno si es absolutamente indispensable.
Recordemos lo que, a sus 78 años, quiere el gobernante Kuczynski: dejarle al Perú, desde el único período presidencial que ejercerá, un buen legado. Su objetivo no es el de un parlamentario, un ministro, un periodista o un ciudadano preocupado por asuntos políticos. Su visión es, sólo debe ser, la de un estadista que no deja que la rama le ciegue la visión del bosque, que antepone el mediano y largo plazo a lo inmediato, y que ajusta los medios a los fines en lugar de convertir los medios en fines en sí mismos.
Decidir, cuando ni siquiera se han cumplido cinco meses de su llegada al gobierno, que ya era hora de la guerra total, como le pedía, comprensible y angustiosamente, el antifujimorismo (de ayer y hoy), lo hubiera convertido en un espejo del fujimorismo, esa fuerza destructiva de la institucionalidad y la moral pública que no tiene un ideario, una visión del Perú o una conciencia contrita, sino un instinto primario y salvaje de poder a cualquier precio.
Desde el día en que se supo el resultado definitivo de las elecciones, cuando la candidata Keiko Fujimori se negó a saludar al presidente electo, hasta el destripamiento público del hoy ex ministro de Educación, la conducta del fujimorismo en el Congreso ha dejado, por enésima vez, un registro de esa mala entraña. Que en ciertos momentos -por ejemplo, cuando aceptó al gabinete nombrado por PPK o delegó algunas facultades legislativas en favor del Ejecutivo-, el fujimorismo haya hecho concesiones que la opinión pública exigía, sólo demuestra que no son invulnerables a la presión. Pero todo lo demás, incluyendo la paulatina penetración de ciertas instancias del Estado mediante nombramientos impuestos con demostraciones de fuerza, apunta a una primitiva ansiedad de poder total en el bando opositor.
Kuczynski sabe que si acepta las reglas de juego del fujimorismo, es decir si acepta que el destino de su Presidencia ya no es el de dar un paso firme en dirección al progreso sino la guerra por otros medios contra el adversario, habrá abandonado su misión original. Y, lo que es más grave, ellos habrán logrado postergar el progreso en todos los frentes, incluido el institucional y ese otro, más invisible pero no menos importante porque lo abarca casi todo, que llamaré cultural. Es perfectamente posible que tarde o temprano, para salvar la posibilidad de un progreso futuro, PPK tenga que enfrascarse, a regañadientes, en una lucha cuerpo a cuerpo con el fujimorismo. Ya demostró en la segunda vuelta, contra los pronósticos, que era capaz de hacerlo. Pero eso debe ocurrir sólo cuando el costo de no tomar dicha decisión supere al de tomarla.
Mientras tanto, hace bien en actuar como estadista, es decir encajar el golpe y seguir adelante, e incluso, como acaba de ocurrir, en reunirse con Keiko Fujimori (menos entendible es que esa reunión haya tenido lugar en casa de un cardenal gravemente desprestigiado y que no es imparcial pues lleva adherido al fujimorismo un cuarto de siglo). También, por cierto, ha hecho bien en conversar con los otros partidos representados en el Congreso, incluido el Apra, que participó, frotándose las manos, en el aquelarre contra el defenestrado ministro y actúa, un día sí y otro también, contra PPK, mientras Alan García, que alienta por lo bajo la labor destructiva de sus parlamentarios, piropea al presidente de cara a la tribuna.
Actuando así, PPK mantiene todavía un 46% de aprobación mientras que el Congreso dominado por el fujimorismo ha caído a 25%, según GFK, empresa respetada. El desgaste, en contra de lo que se cree, es mayor entre los que, desde el Congreso, quieren socavar la Presidencia de Kuczynski que en el propio primer mandatario. Si en algún momento, para salvar la posibilidad del progreso, Kuczynski debe apelar a la medida extrema, es decir plantear la confianza con miras a forzar a la oposición a tumbarle dos gabinetes y quedar en situación de convocar nuevas elecciones legislativas con apego estricto a la legalidad, un Parlamento desprestigiado frente a un gobernante con un nivel de respaldo superior no será un mal escenario para desenvainar la metafórica espada.
Por ahora, PPK debe concentrarse en sus reformas, que avanzan lentamente pero avanzan, y en marcar un contraste permanente entre su condición de estadista y la zafiedad de quienes confunden el rol de oposición con el de la destrucción de la convivencia y el envenenamiento del clima político.
El Perú no puede, entre otras cosas, darse el lujo de seguir administrando la mediocridad en que ha caído la economía en parte por obra del clima internacional y en parte por la difícil relación del gobierno anterior con la empresa privada El crecimiento de la economía este año, probablemente un 3,8%, es engañoso: debe mucho a proyectos mineros que fueron ampliados (Cerro Verde), que entraron hace poco en producción (Las Bambas), que aumentaron su capacidad (Toromocho) o que van alcanzando su rendimiento normal (Constancia). Otros indicadores, por ejemplo la caída de la inversión privada por tercer año consecutivo o la desaceleración del crédito, delatan a un paciente que necesita sanarse.
No ha sido nunca fácil, en ninguna parte, gobernar con un Parlamento en contra. El caso más complejo suele ser el de la cohabitación forzosa. Cohabitación es una palabra que tiene una fuerte conexión con Francia, donde bajo la 5ta República ha habido tres momentos -dos con Mitterrand en los 80 y 90, uno con Chirac años después- en que un presidente de un partido tuvo que aceptar a un primer ministro del otro.
Pero hay otros casos, que incluyen a Finlandia, por ejemplo, donde el Parlamento elige al primer ministro y el presidente es electo de forma directa, o algunos países balcánicos, donde hay variantes similares. También están los ejemplos trágicos, como el de Ucrania, donde Yushchenko y Yanukovich, el uno líder demócrata, el otro títere de Rusia, tuvieron que compartir gobierno durante un período turbulento que más tarde desembocó en los hechos conocidos.
La situación peruana no obliga a una cohabitación y no es inédita: hubo períodos, como el del primer gobierno de Fernando Belaunde, en los años 60, en que la oposición controló el Congreso. Pero la experiencia es de triste recordación porque desembocó en un golpe de Estado. En este Congreso, en virtud del sistema peruano para la conformación del Congreso -una com- binación del método d’Hont con una “valla” electoral y múltiples distritos electorales-, la representación del fujimorismo opositor es avasalladoramente desproporcionada. Si se tiene en cuenta que sólo el 19% del padrón electoral, el 23% de los votantes y el 36% de los votos válidos fueron a parar a la lista parlamentaria de esa agrupación, resulta excesiva, aun cuando legítima, la bancada de 72 parlamentarios, de un total de 120, con que cuenta el fujimorismo. La de PPK es de apenas 17 parlamentarios, que además de ser pocos son muy indisciplinados.
La realidad, pues, ha impuesto al presidente unas matemáticas perversas y entorpecedoras para sus planes de reforma económica, policial, judicial, educativa o sanitaria, que no serán juzgadas por este Congreso en base a sus méritos o deméritos, sino estrictamente a las pulsaciones de poder de la mayoría.
PPK cuenta, sin embargo, con un arma importante, además de la ventaja que un sistema presidencialista confiere a quien controla el Ejecutivo: en un contexto de descrédito crónico del Congreso, quien se enfrente, o sea hostilizado por, esa concentración insalubre de políticos por metro cuadrado (con excepciones honrosas), gozará casi por “default” de un buen margen de maniobra política. La mayoría aplastante del fujimorismo hace que este Congreso sea “su” Congreso.
El acelerado desprestigio de la mayoría parlamentaria es un obstáculo para los planes de esa agrupación de cara a 2021, fecha de las próximas elecciones presidenciales, independientemente de cuál de los hijos de Fujimori sea candidata o candidato. Por ello, PPK puede darse el lujo de encajar algunos golpes de mandoble, ofrecer gestos conciliadores y dar la impresión de que acepta sacrificar peones o hasta alfiles sin rabia. El sabe que, llegado el momento, no es nada seguro que el fujimorismo se atreva, si él lo obliga a tomar una decisión, a tumbarle dos gabinetes. ¿Cree alguien, incluso en la oposición, que una agrupación a la que desaprueba en su conducta parlamentaria un número enorme de votantes volvería a obtener una mayoría absoluta en unas nuevas legislativas?
En las últimas semanas, la polarización ha puesto al país entre dos extremos, o quizá sea más exacto decir la apariencia de dos extremos: la cohabitación, tácita o explícita, entre PPK y el fujimorismo, o la fractura definitiva del cuerpo político. Aunque parezca ingenuo en semejante ambiente, creo que todavía no ha muerto la posibilidad de encontrar, en algún lugar de ese amplio espectro, un punto en el que sea posible la convivencia sin la cohabitación y la decencia sin la necesidad de la fractura. Sólo cuando no sea posible nada distinto de esas dos opciones, habrá que perder la esperanza y dar un puño democrático sobre la mesa.

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