Saturday, January 14, 2017

El imperativo Uber: Nueva Economía contra Vieja Política


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El servicio de “viaje compartido” de Uber – básicamente un sistema mucho más conveniente de pedir y usar un taxi – acaba de ganar una gran batalla en Nueva York, obligándole al alcalde de la ciudad a retractarse de un plan para restringirlo, porque por lo visto no le parece bien que la gente vaya conduciendo coches por Manhattan.
Pero la empresa también ha perdido algunas batallas, sobre todo en Francia; y otras empresas parecidas no han sido capaces de reunir suficiente apoyo de los ciudadanos para conseguir que los políticos den marcha atrás. Una empresa llamada Homejoy – que era como Uber, pero para la limpieza del hogar – acaba de cerrar después de ser demandada legalmente y forzada a reclasificar a sus trabajadores como empleados. Así que éstos pasaron de ser autónomos explotados a quedarse sin trabajo; seguro que están encantados, y por eso han metido a sus abogados en el embrollo.


Todo esto es parte de una batalla más amplia sobre la “gig economy“, o sea, sobre la economía del trabajo temporal puntual, en la que empresas como Uber y sus muchos imitadores sirven para coordinar el contacto entre contratistas independientes y clientes, ignorando el papel de los “empleadores” y todas las regulaciones implicadas. Pero los políticos tradicionales – más concretamente, esa vieja reaccionaria, Hillary Clinton – acusan a estas empresas de intentar saltarse las “protecciones para el trabajador”, refiriéndose a la enorme red de regulaciones laborales. Está claro, esa es precisamente la idea, y la principal razón para el éxito de estos servicios: su capacidad de saltarse los costos adicionales y la burocracia.
En resumen, la nueva economía está chocando contra la vieja política.
Lo que más les gusta a los de Silicon Valley es “perturbar” los sistemas existentes. Pero ellos creen que están perturbando sistemas económicos; no se dan cuenta de que lo que están perturbando es un sistema político, y no sólo una parte de él, sino su esencia misma. El problema es que es un sistema político al cual realmente ellos no están ideológicamente preparados para enfrentarse.
Es fácil pensar que la innovación en una empresa como Uber es tecnológica, ya que la interfaz tecnológica es lo único que vemos. Pero ese es sólo el mecanismo a través del cual opera Uber, no la esencia de su negocio. La esencia real, lo que de hecho está impulsando gran parte del valor económico creado en Silicon Valley, es el proceso de eliminar intermediarios. Silicon Valley está transformando la economía al conectar a los productores de bienes y servicios de la forma más directa posible con sus clientes, y al eliminar a los brokers y a los sub-minoristas y a las varias capas de mandos intermedios que hay en el camino. Para ser más exactos, lo que están haciendo es automatizar al intermediario. El intermediario digital no es un agente o un vendedor o un detallista que se lleva su parte de la trasacción. Es un sitio web, una aplicación, o un puñado de algoritmos en un servidor en algún lugar, que funcionan de forma mucho más barata y más eficiente, pudiendo ofrecer mejores resultados al llevarse un porcentaje mucho menor de lo recaudado.
El problema es que la vieja política estatista necesita al burócrata intermediario. De hecho, la burocracia corporativa es fundamental para su visión de nuestro sistema económico. Ellos quieren que las empresas sean grandes, que tengan instalaciones de ladrillo y mortero, y que tengan personas concretas trabajando para ellos en lugares concretos; porque ese tipo de empresa puede ser regulada, gravada, y controlada. Los gobiernos locales, los reguladores y los inspectores pueden llevarse su tajada del dinero, o bien de forma legal, a través de impuestos y tasas. . . o por debajo de la mesa. (Sólo, te dicen, para asegurarse de que todo marcha sin contratiempos; sería una pena que tú llegases a tener algún problema con tus permisos.)
Los políticos no sólo están cuidando de sí mismos. También están cuidando de sus clientes políticos. A cambio de ser reguladas, las empresas quedan protegidas por barreras de entrada y por monopolios de hecho – por ejemplo, el viejo sistema “medallón” de taxis – que les permite tener un mercado cautivo. Y por otro lado, los trabajadores consiguen todas esas supuestas “protecciones”: esos mandatos que les imponen por la fuerza sus salarios y sus beneficios, y las condiciones bajo las cuales pueden ser contratados y despedidos.
Esto es más que un cínico intercambio de favores. Es una visión completa de la economía, una especie de híbrido “corporación-estado del bienestar”. El objetivo es exigirles a las empresas privadas que operen como estados del bienestar en miniatura: en efecto, convirtiéndose en órganos del estado del bienestar. ¿Para qué inventar un ingreso mínimo garantizado y pagado por el gobierno, cuando puedes imponer que haya un salario mínimo pagado por los empleadores? ¿Para qué hacer que el gobierno le proporcione a la gente servicios de sanidad directamente, cuando puedes exigir que sus empleadores sean quienes proporcionen esos beneficios? ¿Para qué ha de molestarse el gobierno en garantizarle a cada ciudadano un trabajo de por vida, o unas vacaciones, cuando puede promulgar leyes que limitan la posibilidad de que las empresas privadas echen a sus empleados, o obligándoles a ofrecerles vacaciones pagadas? Y si resulta que los trabajadores se agrupan en un sindicato o en algún otro tipo de grupo de interés político, más vale expresar su agradecimiento, pues eso no es más que un beneficio adicional que ayuda a preservar el sistema.
El error de nuestra nueva prole de emprendedores tecnológicos es que piensan que los sistemas que ellos están perturbando están allí por mera tradición o por inercia o por irreflexión o por una tecnología obsoleta. Tendrían que recordar la Ley de las Consecuencias Previstas. La burocracia y la ineficiencia y los costos adicionales no son “accidentes” del sistema, son el sistema. Es todo parte del sistema “corporación-estado del bienestar”, y eso es lo que está tratando de aferrarse a sí mismo. Llámalo el Imperativo Uber: el gobierno siempre rehace la economía privada a su imagen y semejanza. Siempre intenta meter a las empresas privadas en un sistema el que distribuyan subsidios y favores especiales, a cambio de votos.
Es un sistema triangular que incluye a los políticos, a los llamados “compinches capitalistas”, y a los trabajadores (normalmente sindicalizados). Los políticos reciben apoyo electoral, a cambio del cual exigen beneficios del tipo “estado del bienestar” para los trabajadores; pero, para apaciguar a los empleadores, también les ofrecen a éstos protección contra la competencia. El verdadero cliente, por supuesto, recibe un servicio escaso, caro, y de menor calidad (¡intenta conseguir un taxi tradicional en la ciudad de Nueva York!). Los políticos esperan que los clientes no entiendan por qué, y que no se unan para tirar por la borda ese montaje. Esto es especialmente cierto en las grandes ciudades, donde el sistema del estado del bienestar goza de un gran apoyo ideológico generalizado, y donde cualquier objeción puede ser neutralizada con: “… y las protecciones para los trabajadores, ¿qué?”
Lo extraordinario de Uber es que sus clientes se han unido y han logrado hacer retroceder a las nuevas regulaciones. . . por ahora.
Por supuesto, las protecciones para los trabajadores bajo el sistema antiguo eran protecciones solamente para algunos de esos trabajadores y exclusiones para todos los demás. Al aumentar la compensación para algunas personas, aumentaban los costos para todas los demás. A largo plazo, el estrangular la innovación y el crecimiento le perjudica a todo el mundo, y lo único que el viejo sistema realmente protege es el electorado cautivo de ciertos políticos.
Todo esto significa que hay una excelente oportunidad para que los políticos de derechas cortejen a Silicon Valley y abran una brecha en la izquierda, separando a los tipos clásicos organizadores de sindicatos, de los profesionales urbanos educados y modernos. Pero la élite tecnológica no debería quedarse sentada esperando que cortejen a sus miembros; debería estar recibiendo lecciones sobre la economía de libre mercado y la asfixiante economía política del estado del bienestar.
Son precisamente los miembros de este grupo, por su educación universitaria, quienes tienden a estar menos dispuestos a desafiar la ortodoxia izquierdista del estado del bienestar; pero si quieren mantener sus Uber y sus Airbnb, y todo los demás – sin contar los nuevos servicios que aún no se le han ocurrido a nadie – eso es algo que van a tener que estar dispuestos a hacer.
A fin de cuentas, el libre mercado es, ni más ni menos, la perturbación par excellence.
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Fuente:
Por Robert Tracinski,

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