Friday, January 6, 2017

El Dólar y la Pistola

El Dólar y la Pistola 

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El Dólar y la Pistola – por Harry Binswanger
Para quienes defienden el capitalismo, el siguiente escenario es más que familiar.
Estás en una conversación con alguien conocido, y acabáis hablando de política. Dejas claro que estás a favor del capitalismo, del capitalismo laissez faire. De forma elocuente, explicas los argumentos a favor del capitalismo en términos de los derechos del hombre, de prohibir la fuerza física, y de limitar el gobierno a la función de proteger la libertad individual. Parece claro, simple, incontestable. Pero en vez de ver cómo se le enciende la bombilla a tu interlocutor, ves conmoción, desconcierto, antagonismo. A la primera oportunidad, se apresura en objetar:


“Pero el gobierno tiene que proteger a los indefensos consumidores del poder ejercido por las grandes corporaciones multinacionales”.
O: “la libertad es imposible bajo el capitalismo estricto: la gente debe tener trabajo para vivir, y por lo tanto se ven forzados a aceptar los términos de sus empleadores”.
O: ”En una sociedad industrial compleja como la nuestra, los planes gubernamentales deben reemplazar la anarquía del mercado”.
Todas esas objeciones, aparentemente distintas, cometen la misma falacia lógica, una falacia basada en las premisas filosóficas más profundas de quienes la cometen. Para defender el capitalismo de manera eficaz uno debe ser capaz de reconocer y combatir esa falacia en cualquiera de sus formas. La falacia es un equívoco: el equívoco entre el poder político y el poder económico.
“Poder político” se refiere al poder del gobierno. La naturaleza especial de ese poder es lo que diferencia al gobierno de otras instituciones sociales. Lo que hace al gobierno el gobierno, su atributo esencial, es el monopolio del uso de la fuerza física. Sólo un gobierno puede promulgar leyes, es decir, normas de conducta social respaldadas por la fuerza física. Un “gobierno” sin el poder de usar la fuerza no tiene nada de gobierno, sino que es algún tipo de intención grotesca, como las Naciones Unidas.
Una institución no-gubernamental puede establecer reglas, aprobar resoluciones, etc., pero eso no son  leyes precisamente porque no pueden serles impuestas a quienes deciden no tratar con esa organización. La penalización por romper las reglas de, digamos, una organización fraternal es ser expulsado de la asociación. La penalización por quebrantar la ley son multas, encarcelamientos, y, en circunstancias extremas, la muerte. El símbolo del poder político es una pistola.
Un gobierno válido apunta esa pistola sólo a quienes violan los derechos individuales, en represalia a la fuerza física que ellos han iniciado; pero sigue siendo una pistola.
El poder económico, en cambio, es la capacidad de producir valores materiales y ofrecerlos para su venta. Por ejemplo, el poder de las grandes petroleras es el poder de descubrir, extraer, y distribuir en el mercado grandes cantidades de petróleo. El poder económico reside en unos activos, es decir, en factores de producción, en inventarios, y en el dinero en efectivo que tienen las empresas. El símbolo del poder económico es el dólar.
Una empresa sólo puede ofrecerte cosas, ampliando así las posibilidades que se te abren. La alternativa que una empresa te presenta en un mercado libre es: “aumenta tu bienestar comerciando con nosotros, o sigue tu propio camino”. La alternativa que un gobierno, o cualquiera que utilice la fuerza, te presenta es: “haz lo que te ordenemos, o puedes olvidarte de tu libertad, de tu propiedad, de tu vida”.
Como Ayn Rand escribió,
“El poder económico se ejerce a través de algo positivo, ofreciendo a los hombres una recompensa, un incentivo, un pago, un valor. El poder político se ejerce a través de algo negativo, por la amenaza de castigo, daño, encarcelamiento y destrucción. Las herramientas del hombre de negocios son los valores, la herramienta del burócrata es el miedo”. (Capitalismo: el Ideal Desconocido).
El poder económico se deriva y depende de las decisiones voluntarias del público comprador. Somos nosotros los que hacemos grandes a las grandes empresas. Uno le garantiza el poder económico a una empresa cuando compra sus productos. Y uno compra para beneficiarse de esa compra: uno valora el producto más que el dinero que le cuesta; si no, no lo compraría. (La agresiva polémica contra los beneficios empresariales son exigencias de que todo el beneficio vaya para una de las partes – que el “pequeño” debería quedarse con toda la ganancia y las empresas con ninguna, en vez de ambos beneficiarse de la transacción).
En la medida en que una empresa fracasa en producir cosas que la gente decide comprar, esa empresa es impotente. El Gran Conglomerado Multinacional más poderoso del mundo que dedicase su poder a producir objetos sin valor no tendría como efecto nada más que su propia bancarrota.
El poder económico, por lo tanto, es puramente benevolente. Ese poder no incluye el poder de dañar a las personas, esclavizarlas, explotarlas o “eliminarlas”. Al contrario de lo que dice Marx, la única forma de explotar a alguien es usando la fuerza física, o sea, precisamente empleando el principio del poder político.
El equívoco entre poder económico y poder político ataca al capitalismo por ambos flancos. Por un lado, ensucia las acciones legítimas, pacíficas y en beneficio propio, de los comerciantes en un mercado libre, al equiparar esas actividades con acciones predatorias de criminales y gobiernos tiránicos. Por ejemplo, se piensa que el “poder de las enormes corporaciones multinacionales” es el de robar y coaccionar a sus empleados. Aceptar  el equívoco le lleva a uno a concluir que la intervención del gobierno en la economía es necesaria para proteger nuestra libertad contra el poder económico.
Por otra parte, el equívoco pasa por alto las acciones intervencionistas del gobierno, equiparándolas a las acciones productivas y benevolentes de empresas e individuos privados. Por ejemplo, cuando el gobierno intenta sustituir los edictos arbitrarios de los burócratas por los planes intrincadamente coordinados de individuos y empresas, a eso se le llama “planificar”. A la sistemática destrucción de tus ahorros a través de la falsificación legalizada se le llama “gestionar” la oferta monetaria. A las leyes antimonopolio, que hacen ilegal que uno se convierta en un competidor demasiado eficiente, se las considera necesarias para preservar la “libre competencia”. A la dictadura socialista se la conoce como “democracia económica”.
Los americanos siempre han considerado los derechos individuales y la libertad como sagrados, y han mirado con merecido recelo el poder del gobierno. Los oponentes de la libertad han fracasado estrepitosamente siempre que sus verdaderas intenciones han sido descubiertas por el público americano. Las victorias de los estatistas han necesitado camuflaje. El equívoco entre poder económico y poder político, al invertir el significado de todos los conceptos políticos cruciales, ha sido esencial para propagar el anti-capitalismo en este país.
Los ataques demagógicos e incendiarios a las “Grandes Empresas” son el ejemplo más claro de ese equívoco en la práctica. Ya sean corporaciones multinacionales o conglomerados o monopolios o “oligopolios”, el miedo a la “concentración de poder económico” es el argumento que la izquierda ha explotado en sus infinitas variantes. El argumento contra las grandes empresas a menudo atrae también a los “conservadores”; la primera transgresión importante del capitalismo americano, la Ley Antimonopolio Sherman de 1890, fue apoyada, y lo sigue siendo, por los conservadores. La principal razón del senador Sherman para proponer esa ley es un caso clásico del equívoco: “Si el poder conjunto de una combinación empresarial le son confiados a un solo hombre, eso es una real prerrogativa incompatible con nuestra forma de gobierno”. (Énfasis añadido).
En la deprimida economía actual, en la que los “beneficios obscenos” se han convertido en (¿estupendas?) pérdidas, el argumento anti-empresa está siendo usado desde un nuevo ángulo: el objetivo se ha desplazado hacia las empresas extranjeras. Sin embargo, el equiparar el dólar a la pistola sigue igual. Como ejemplo: “El senador Paul Tsongas (D-Massachusetts) cree que el desafío tecnológico de Japón es tan serio para la seguridad a largo plazo de los Estados Unidos como es la amenaza militar de la Unión Soviética”. (InfoWorld, mayo 1983).
La Unión Soviética nos amenaza con la aniquilación nuclear. Los japoneses nos “amenazan” con la oportunidad de poder comprar componentes electrónicos baratos y confiables. Uno podría señalar que la ley de la ventaja comparativa, una piedra angular en la ciencia económica, dice que la superior habilidad productiva de un país sólo puede beneficiar a aquellos con quienes comercia, que si las empresas japonesas pueden producir componentes electrónicos a un coste más bajo que las estadounidenses, entonces nuestras empresas tendrán una ventaja comparativa en alguna otra área de la producción, y que cualquier intervención del gobierno para proteger algunas empresas estadounidenses de la competencia extranjera condena a otras empresas, y al público en general, a la ineficiencia, disminuyendo nuestro nivel de vida. Pero todo esto se lo pasa por el tipo de mentalidad que equipara bombas con importaciones.
Los anti-capitalistas hacen los montajes intelectuales más complicados para encubrir la diferencia entre el poder económico y el poder político. Por ejemplo, George Will, un popular columnista normalmente mal tomado por pro-capitalista, anuncia que debemos abandonar esa distinción porque “cualquier acuerdo económico es, por definición, un acuerdo político”. Ataca esta idea: “sólo las personas producen riqueza; no el gobierno” basándose en esta otra idea: “el gobierno produce la infraestructura legal, física, educacional, etc., de la sociedad, la cual una precondición para producir riqueza”. (The New Republic, Mayo 1983)
Es cierto que las leyes que protegen los derechos individuales en una economía libre son una precondición para la producción de riqueza, pero ser una precondición para la producción no es lo mismo que producir. Al aplicar las leyes apropiadas, el gobierno no está produciendo nada, lo único que hace es proteger las actividades productivas realizadas por individuos privados. Las pistolas no pueden crear riqueza. Cuando un policía le impide a un ladrón robarte tu cartera, ningún valor está siendo creado; tú sigues igual, pero no mejor.
La ausencia de una pérdida no es una ganancia. Ignorar ese simple hecho es tratar de presentar la pistola del gobierno como un factor positivo y creativo. Por ejemplo, una reducción en impuestos se considera un apoyo del gobierno. En realidad, las reducciones fiscales para colegios, iglesias, dueños de viviendas, etc. son una reducción de las penalizaciones, no son apoyos. Pero el socialista Michael Harrington escribe:
“El Código Fiscal es un perverso sistema del estado del bienestar que reparte 77 mil millones de dólares al año, principalmente a los ricos. El trato fiscal especial que se les da a las ganancias del capital resulta en un beneficio anual de 14 mil millones para los peces gordos de la bolsa, cortesía del gobierno” (Saturday Review, Noviembre 1972).
Harrington equipara ser forzado a entregar a la Hacienda Pública un cuarto de tus ingresos (el porcentaje fiscal para las ganancias de capital) con recibir un beneficio positivo del gobierno. Después de todo, Hacienda podría haberse quedado con todo.
Así como la ausencia de una pérdida no es una ganancia, también la ausencia de una ganancia no es una pérdida. Cuando las subvenciones del gobierno se reducen, eso no es “equilibrar el presupuesto a costa de los pobres”; es reducir el grado en el que los pobres son mantenidos a costa del resto de nosotros.
La distinción entre el poder económico y el poder político – que parece evidente – está basada, de hecho, en todo un marco filosófico.  Requiere ante todo dos principios: 1) que la riqueza es producida por el pensamiento y el esfuerzo individual; y 2) que el hombre es un fin en sí mismo. Para la filosofía actual, que niega ambas premisas, equiparar el poder económico y el poder político no es una falacia, sino una conclusión lógicamente necesaria.
Con respecto a la primera premisa, la visión dominante de hoy es que “los bienes están ahí”. Esa actitud se presenta en muchas variantes, y la mayoría de la gente salta alegremente de una a otra, pero en todos los casos el resultado es la idea de que el poder económico no se gana.
En una de esas variantes, la producción de riqueza se evade completamente; la riqueza es vista como una cantidad estática, que lo único que puede hacer es cambiar de manos. Según esa visión, el enriquecimiento de un hombre inevitablemente genera el empobrecimiento de otro, y el poder económico sólo se consigue necesariamente a costa de otros.
Por ejemplo: en un anuncio de una página publicado en The New York Times, una revista pornográfica promocionó una serie de artículos sobre “Las Grandes Petroleras: la violación por la libre empresa”. El anuncio acusaba a las compañías petroleras diciendo que “tienen un control feroz sobre la producción y la distribución del crudo y el gas natural, y fijan los precios del mercado. Esos gigantes también poseen vastas propiedades de carbón y uranio… estamos con el agua al cuello, sólo que no es agua, es petróleo” (Enero 1982). A pesar de usar la palabra “producción”, el lenguaje del anuncio da la impresión de que los barriles de petróleo y los inventarios de gas, carbón, y uranio no tienen que ser producidos; simplemente están ahí tirados, esperando, hasta que, de alguna forma, esos endemoniados gigantes los agarren con su control feroz.
La verdad es que encontrar, extraer, refinar, distribuir y almacenar petróleo y otras fuentes de energía es un proyecto tan enorme que empresas demasiado pequeñas para ser conocidas por el público gastan más de 100 millones de dólares anuales cada una en esas tareas. La noción de que la riqueza es una cantidad estática ignora un importante detalle: la historia entera de la humanidad. Si la riqueza sólo hizo cambiar de manos, si las ganancias de un hombre fueron siempre a costa de una pérdida de otro, entonces el hombre nunca habría salido de las cavernas.
Si están de otro humor, las personas a veces reconocen que la riqueza sí hay que producirla, pero, siguiendo a Marx, consideran que la producción es exclusivamente cuestión de usar la fuerza física para transformar los recursos naturales en productos terminados. En plena “revolución informática”, cuando los descubrimientos tecnológicos están reduciendo los ordenadores multimillonarios de hace unos años, que tenían el tamaño de una habitación entera, al tamaño de un maletín, y haciéndolos disponibles al precio de un coche usado, la gente se aferra a la noción de que la mente es irrelevante en la producción.
Bajo la premisa de que los músculos son la fuente de la riqueza, la acumulación de riqueza por parte de las empresas es una señal de que están explotando a los trabajadores: el poder económico de quienes no sudan ni se fatigan sólo puede haber sido ganado aprovechándose de aquellos que sí lo hacen.
En una última variante, la gente no niega rotundamente el papel de la inteligencia en la producción, pero considera la riqueza un producto social anónimo sin relación con la decisión, el esfuerzo, la ambición y la habilidad individual. Si el nivel de vida actual se debe tanto al trabajo de Thomas Edison como al de cualquier trabajador industrial al azar, y al mendigo de la esquina, entonces todo el mundo tiene derecho a una “parte igual” del pastel. Una vez más, la conclusión es que cualquier posesión del hombre que esté por encima de la riqueza media significa que debe haber ejercido algún tipo de poder mágico para desviar “la parte justa” de otros a su propio bolsillo.
La refutación inmortal para todas las variantes de: “los bienes están ahí” nos la da La Rebelión de Atlas. Como Galt dice al explicar el significado de la huelga que él lidera: “Hemos oído gritar que el empresario es un parásito, que sus trabajadores lo sustentan, crean su riqueza, hacen posible su lujo, preguntando qué le pasaría a él si ellos se largaran. Muy bien. Propongo mostrarle al mundo quiénes dependen de quién, quién sustenta a quiénes, quién es la fuente de riqueza, quién hace posible el sustento de quiénes, y qué pasa con los quiénes cuando quién se larga”.
Una vez admitido que la riqueza es el producto del pensamiento y el esfuerzo individual, la pregunta que surge es: ¿quién debería poseer ese producto? En base a una ética de egoísmo racional, la respuesta es: quien lo creó. En base a la premisa moral del altruismo, sin embargo, la respuesta es: cualquiera que la necesite. El altruismo se especializa en separar al creador de su creación, al agente de su beneficiario, a la acción de sus consecuencias.
Según el altruismo, si tú creas un bien y yo no, ese hecho en sí te priva del derecho a ese bien y me hace a mí su legítimo propietario, bajo el principio de “de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades”. Bajo esa premisa, cualquiera que posea un bien necesitado por otro debe entregarlo, o ser culpable de robo. De esa forma el altruismo convierte a los empresarios en extorsionadores, ya que cobran dinero por renunciar a la posesión de bienes que les pertenecen legalmente a otros; un gobierno cuyo poder político trata de limitar el control que tienen las empresas sobre los productos de esos otros, según el altruismo está iniciando la fuerza física contra los legítimos propietarios de esos bienes. Según ese código moral, el poder económico de las empresas es poder político, ya que la riqueza de las empresas está protegida por el gobierno, en vez de ser entregada a los necesitados.
El altruismo genera una versión invertida y mortífera de los derechos de propiedad: la propiedad por el hecho de no producirla.
¿Es una exageración? Mira las declaraciones de quienes toman en serio al altruismo, por ejemplo, George Will, quien alaba “el estar dispuesto a sacrificar los deseos privados para fines públicos”.
Instando a los “conservadores” a abrazar el Estado del Bienestar, Will cita positivamente el caso de Munn contra la Corte Suprema de Illinois, en el que la Corte dictó que un Estado podía regular los precios de las empresas privadas. “Cuando, por consiguiente, uno dedica su propiedad a un uso en el que el público tiene un interés, él, en efecto, le otorga al público un interés en ese uso, y debe aceptar ser controlado por el público en aras del bien común, en la medida del interés que él ha generado por su acción”. (Énfasis añadido).
Uno debe aceptar ser controlado… ¿por qué? Porque creó un valor. Controlado ¿por quién? Por “el público”, o sea, por todos aquellos que no crearon ese valor.
Filosóficamente, el equívoco entre poder económico y poder político descansa en la metafísica de la riqueza sin causas, y en la ética del parasitismo. Psicológicamente, es un bienvenido por el miedo de auto-suficiencia que tiene el individuo que vive de segunda mano.
El parásito, el individuo que vive de segunda mano, siente que la distinción entre el dólar y la pistola es “puramente teórica”. Hace mucho tiempo que le dio a las sonrisas y a las muecas de otros el poder de dictar sus valores y controlar su comportamiento. Sintiéndose él mismo metafísicamente impotente, y sintiendo que la sociedad es omnipotente, él cree que tener que vivir por sí mismo pondría su vida en peligro. Una sociedad libre, él siente, es una sociedad en la cual él podría ser privado del apoyo del cual su vida depende.
Cuando le hablas en tus términos, diciéndole que somos todos iguales, pero diferentes e independientes, y que podemos tratar unos con otros o bien por medio de la razón o bien por medio de la fuerza, él literalmente no tiene la más mínima idea de qué estás hablando. Habiendo abandonado su facultad crítica, cualquier idea, cualquier oferta, cualquier acuerdo es obligatorio para él si viene acompañado de presión social. Podrías decirle que para sobrevivir el hombre debe ser libre para pensar. Pero él carece del concepto de supervivencia independiente, de pensamiento independiente, e incluso del concepto de realidad objetiva; su credo es el de Erich Fromm: “Amar es la única respuesta sana y satisfactoria al problema de la existencia humana”. (Man for himself).
Concluiré con otro escenario. Imagina que sobrevives un naufragio y tienes que conducir tu bote salvavidas hasta una de dos islas desiertas en la que tendrás que permanecer varios años. En cada isla hay un solo habitante. La isla del oeste es propiedad de un multimillonario jubilado, que vive por todo lo alto, con una mansión, dos piscinas, y todos los accesorios de una gran riqueza. La isla del este está habitada por un hippie sin propiedad ninguna, vestido con harapos y comiendo cualquier fruta o pescado que puede pillar. Añadamos que el millonario es un egoísta y un acérrimo capitalista, mientras que el hippie inútil es un santo del altruismo que gustosamente compartirá su choza de barro contigo. ¿Te dirigirías, o alguien se dirigiría, al este para escapar de ser “explotado” por el poder económico del millonario?
Se acabó la idea de que uno está amenazado por el poder económico de otros.
Pero uno no tiene que recurrir a fábulas en islas desiertas. La misma demostración práctica de la naturaleza generadora de vida del poder económico y la naturaleza fatal del poder político ilimitado nos la dan los cientos de miles de personas – conocidos como balseros, o refugiados – agarrándose a sus patéticos y abarrotados barcos, huyendo de los países de la pistola y dirigiéndose a cualquier isla semi-capitalista que puedan encontrar y que aún quede en el mundo. Si por cada cien refugiados huyendo de dictaduras colectivistas pudiéramos intercambiar un intelectual que nos insta a temerle al dólar y reverenciar a la pistola, Estados Unidos podría convertirse de nuevo en el país de la libertad y la justicia para todos.
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Por Harry Binswanger

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