Friday, January 6, 2017

Demócratas, demagogos y déspotas

Sentimientos como el miedo y la ira salieron a relucir durante este año que está por acabar en Estados Unidos y Reino Unido, dos naciones que cuentan con democracias estables y duraderas.
 
Martin Wolf
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El miedo y la ira no deben usarse como excusas para destruir las instituciones centrales de EU. (El Financiero)
¿Son las revueltas políticas de 2016 —el Brexit y la elección de Donald Trump en EU— un triunfo de la democracia o una amenaza en su contra? Las democracias deben responder a quejas legítimas. De hecho, su capacidad para hacerlo pacíficamente es una de sus fortalezas. Pero la explotación de esas quejas por parte de los demagogos amenaza la democracia. Esto ha ocurrido en otras partes del mundo. Sería absurdo suponer que las democracias occidentales son inmunes.

Durante 2016, el miedo y la ira se convirtieron en emociones políticas dominantes en el Reino Unido y en EU, dos de las democracias más importantes, estables y perdurables. El temor era a la movilidad descendente y a los cambios culturales; la furia era contra los inmigrantes y las élites indiferentes. Ambos sentimientos se unieron en un resurgimiento del nacionalismo y en xenofobia. Algunos partidarios del Brexit y algunos republicanos creen en el ideal de mercados absolutamente libres. Pero esa idea no trajo el Brexit al Reino Unido o a Trump a Washington. Las emociones eran mucho más viscerales y mucho menos atractivas.

Para los partidarios de la democracia, el estallido de tales emociones primarias es inquietante por lo difíciles que son de contener. La democracia es, en el fondo, una forma civilizada de guerra civil. Es una lucha por el poder contenida por entendimientos e instituciones.

Los entendimientos son que los ganadores nunca toman todo. La oposición es legítima, la opinión libre y el poder restringido. Los valores de la ciudadanía son el bien más importante de la democracia. Se debe entender plenamente que es ilegítimo hacer permanente el poder temporal amañando elecciones, suprimiendo opiniones contrarias o acosando a la oposición. El concepto de “el pueblo” no existe; es una entidad imaginaria. Simplemente existen ciudadanos cuyas elecciones no sólo pueden cambiar, sino que seguramente lo harán. Si bien hay que encontrar una forma de agregar esas opiniones, siempre será defectuosa. En última instancia, la democracia, o una república democrática, provee un camino para que las personas con diversos puntos de vista, e incluso culturas diferentes puedan vivir lado a lado en una armonía razonable.

Sin embargo, las instituciones también son importantes porque establecen las reglas del juego. Las instituciones también pueden fracasar. El colegio electoral de EU ha fracasado doblemente. Su selección de Trump ni coincide con los votos emitidos en la elección ni refleja el juicio de los méritos del candidato, como lo deseaba Alexander Hamilton. Este padre fundador argumentó que el colegio protegería contra “el deseo de las potencias extranjeras de obtener una influencia inapropiada en nuestros consejos” y se aseguraría de que “el cargo de presidente nunca caerá en manos de ningún hombre que no esté dotado en un grado eminente de las cualificaciones requeridas”. Las acusaciones de piratería rusa y los evidentes defectos de experiencia, de juicio y de carácter de Trump demuestran que el colegio no ha resultado ser el baluarte que Hamilton esperaba. Ahora la protección depende de otras instituciones —particularmente el Congreso, los tribunales y los medios de comunicación— y de los ciudadanos en general.

La presidencia es lo suficientemente poderosa como para hacer un daño incalculable a nivel nacional. Prácticamente por su cuenta, el presidente también puede iniciar guerras catastróficas. Un demagogo de derecha a cargo del depósito de valores democráticos más influyente del mundo es un hecho devastador. La pregunta que todavía está por responderse es si el mundo que hemos conocido hasta ahora sobrevivirá

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