Thursday, January 12, 2017

Defendiendo al chantajista

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A primera vista, no es difícil responder a la pregunta: “¿Es realmente ilegítimo el chantaje?” El único problema que parece plantear es “¿Por qué se hace esa pregunta?”
Bueno, ¿los chantajistas no chantajean a la gente? ¿Y qué podría ser peor? Los chantajistas se alimentan de los secretos oscuros y ocultos de la gente. Amenazan con exponerlos y hacerlos públicos. Sangran a sus víctimas y a menudo les empujan al suicidio.
Sin embargo descubriremos que el alegato contra el chantajista no soporta ningún análisis serio, que se basa en una trama de consignas sin examinar y profundos errores filosóficos.



¿Qué es exactamente el chantaje? El chantaje es una oferta comercial. Es la oferta de comerciar con algo, normalmente el silencio, a cambio de algún otro bien, normalmente dinero. Si la oferta de comerciar se acepta, el chantajista mantiene su silencio y el chantajeado paga el precio acordado.
Si la oferta de chantaje es rechazada, el chantajista puede ejercer su derecho de libre expresión y hacer público el secreto. No hay ningún problema. Todo lo que ocurre es que se ha hecho una oferta de mantener silencio. Si se rechaza la oferta, el chantajista no hace más que ejercitar su derecho a la libre expresión.
La única diferencia entre un cotilla y un chantajista es que el chantajista no hablará… por dinero. En cierto sentido, el cotilla de mucho peor que el chantajista, pues ésta ha dado al chantajeado una oportunidad de silenciarlo. El cotilla divulga el secreto sin advertencia. ¿No es mejor que una persona tenga un secreto en manos de un chantajista que de un cotilla?
Con el cotilla, todo está perdido; con el chantajista solo podemos ganar o al menos no empeorar. Si el precio que pide el chantajista es inferior a lo que vale el secreto, quien quiera mantener el secreto pagará al chantajista, al ser éste el menos de dos males. Así gana la diferencia para él entre el valor del secreto y el precio del chantaje.
Cuando el chantajista demanda más de que lo que vale el secreto, su demanda no se atenderá y la información se hará pública. Sin embargo en este caso la persona no está peor con el chantajista de lo que habría estado con el cotilla empedernido. Así que resulta de verdad difícil explicar la vilificación sufrida por el chantajista, al menos comparado con el cotilla, a quien generalmente se rechaza con ligero desprecio y satisfacción.
El chantaje no implica la oferta de silencio a cambio de dinero. Es solo la forma más conocida: puede definirse sin referencia a ambos. Definido en términos generales, el chantaje es la amenaza de hacer algo (cualquier cosa que no sea por sí misma ilegal) salvo que se cumplan ciertas demandas.
Muchas acciones en el ámbito público se consideran actos de chantaje, pero, en lugar de vilificarse, han obtenido a menudo un estatus de respetabilidad. Por ejemplo, el reciente boicot a las lechugas es una forma de chantaje. A través del boicot a las lechugas (o cualquier boicot) se amenaza a los detallistas y mayoristas de frutas y verduras. Si utilizan lechugas no sindicalizadas, afirman los boicoteadores, se pedirá a la gente que no acuda a sus establecimientos. Esto se ajusta perfectamente a la definición: una amenaza de que algo, que no es ilegal en sí mismo, tendrá lugar salvo que se atiendan ciertas demandas.
¿Pero qué pasa con las demandas que implica el chantaje? Tal vez sea éste más que ningún otro el aspecto del chantaje más incomprendido y temido. A primera vista, uno se inclina por estar de acuerdo con que las amenazas son inmorales. Por ejemplo, el dicho habitual contra la agresión nos advierte no solo contra la agresión per se sino asimismo contra la amenaza de agresión. Si un bandolero aborda a un viajante, normalmente basta con la amenaza de agresión para conseguir la obediencia.
Consideremos la naturaleza de las amenazas. Cuando con lo que se amenaza es con la violencia agresiva, la amenaza es condenable. Ningún individuo tiene el derecho a iniciar una violencia agresiva contra otro.
Sin embargo en el chantaje, con lo que se “amenaza” es con algo a lo que el chantajista tiene derecho de hacer: ya sea ejercitar el derecho a la libre expresión, rechazar comprar en ciertas tiendas o persuadir a otros de hacer lo mismo. Lo que se amenaza no es en sí ilegítimo; por tanto, no es posible calificar a la “amenaza” como una amenaza ilegítima.
El chantaje solo puede ser ilegítimo cuando hay una relación previa especial entre chantajista y chantajeado. Alguien con un secreto puede otorgar su confianza a un abogado o detective privado bajo la condición de que lo confiado se mantendrá en secreto.
Si el abogado o detective privado intenta chantajear al dueño del secreto, sería una violación del contrato y, por tanto, ilegítimo. Sin embargo, si un extraño conoce el secreto sin obligaciones contractuales, entonces es legítimo  ofrecerle “vender” su silencio.
Además de ser un actividad legítima, el chantaje tiene algunos efectos buenos, a pesar de la letanías en contra. Aparte de algunas víctimas inocentes atrapadas en la red, ¿contra quién se dirige habitualmente el chantajista?
Principalmente hay dos grupos. Un grupo está compuesto por criminales: asesinos, ladrones, estafadores, malversadores, tramposos, violadores, etc. El otro grupo consiste en gente que se dedica a actividades, no ilegítimas en sí mismas, que son contrarias las costumbres y hábitos de la mayoría: homosexuales, sadomasoquistas, pervertidos sexuales, comunistas, adúlteros, etc. La institución del chantaje tiene efectos beneficiosos, pero distintos para cada uno de estos grupos.
En el caso de los criminales, el chantaje y la amenaza de chantaje sirven como disuasiones. Se suman al riesgo propio de la actividad criminal. ¿Cuántas de las pistas anónimas que recibe la policía (cuyo valor no puede sobreestimarse) pueden deberse, directa o indirectamente, al chantaje? ¿Cuántos criminales se deciden a dar golpes por s mismos, evitando la ayuda de otros delincuentes colegas en “trabajos” que requieren cooperación
Finalmente están aquellos individuos que están al borde de cometer delitos o en el “margen de la criminalidad” (como diría el economista), en los que el más mínimo factor les impulsaría a seguir un camino u otro. El miedo añadido al chantaje puede ser suficiente, en algunos casos, para disuadirles de cometer delitos.
Si el propio chantaje fuera legalizado indudablemente sería una disuasión más eficaz. La legalización indudablemente haría aumentar los chantajes, con los ataques correspondientes a la clase criminal.
Se dice a veces que lo que disminuye el crimen no es la pena asociada al crimen  sino la certidumbre de ser capturado. Aunque esta polémica ruge con gran relevancia en los actuales debates sobre la pena capital, bastará con apuntar que la institución del chantaje hace ambas labores. Aumenta la pena asociada al delito, ya que fuerza a los delincuentes a compartir parte de su botín con el chantajista. También aumenta la probabilidad de ser detenido, ya que los chantajistas se añaden a las fuerzas policiales, los ciudadanos privados y los grupos de vigilancia y otras unidades contra el crimen.
Los chantajistas, que son a menudo miembros bien considerados en el mundo criminal, están en una posición ventajosa para frustrar delitos. “Su aparato “interno” sobrepasa incluso el del espía o infiltrado, que se ve obligado a asumir un disfraz.
Legalizar el chantaje permitiría por tanto a las unidades anticrimen aprovecharse de dos adagios básicos en la lucha contra el crimen: “divide y vencerás” y “no hay honor entre ladrones”. Está bastante claro que un efecto importante de la legalización del chantaje sería disminuir el delito, esto es, el delito real.
La legalización del chantaje también tendría un efecto benéfico sobre acciones que no implican agresión, sino que se oponen a las costumbres de la sociedad en su conjunto. Sobre estas acciones, la legalización del chantaje tendría un efecto liberador. Incluso con el chantaje aún ilegal, somos testigos de algunos de sus efectos beneficiosos.
Por ejemplo, la homosexualidad, es técnicamente ilegal en algunos casos, pero no realmente un delito, ya que no implica ninguna agresión. A los homosexuales individuales, muy a menudo el chantaje les causa un daño considerable y difícilmente puede considerarse como beneficioso. Pero para el grupo en su conjunto, es decir, para cada persona como miembro de un grupo, el chantaje les ha ayudado a hacer que la opinión pública sea más consciente y está más acostumbrada a la homosexualidad.
Forzar a los miembros individuales de un grupo socialmente oprimido a descubrirse o “salir del armario” no puede, por supuesto, considerarse un servicio. El uso de la fuerza es una violación de los derechos individuales. Pero aún así engendra una consciencia por parte de los miembros de un grupo de la existencia de otros. Al forzar esta percepción, el chantaje puede legítimamente llevarse una pequeña parte del crédito de liberar a gente cuyo único delito es una desviación de la norma de una forma no criminal.
Reflejando el viejo aforismo “la verdad os hará libres”, la única “arma” a disposición del chantajista es la verdad. Al usar la verdad para respaldar sus amenazas (como debe hacer a veces), deja libre la verdad, muchas veces sin intención, para que haga todo lo bueno o malo que es capaz de hacer

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