Thursday, January 12, 2017

Defendiendo al avaro


El avaro nuca se ha recuperado del ataque de Charles Dickens en Un cuento de navidad. Aunque el avaro ha sido severamente criticado antes de Dickens, el retrato de Ebenezer Scrooge ha resultado definitivo y se ha incorporado al imaginario de nuestro tiempo. De hecho, esta actitud prevalece incluso en los nuevos libros de texto de economía. Ahí se condena rotundamente al avaro y se le echa la culpa del desempleo, los cambios en el ciclo económico y las depresiones y recesiones económicas.
En la famosa (o más bien infame) “paradoja del ahorro”, se enseña a los jóvenes estudiantes de economía que, aunque el ahorro puede ser sensato para un individuo o una familia, puede ser una locura para la economía en su conjunto. La extendida doctrina keynesiana sostiene que cuanto más ahorro haya en la economía, menos gasto habrá en consumo y cuanto menos gasto, menos empleo.
Es hora de poner fina a todos estos errores. Del ahorro se derivan muchos y muy variados beneficios.



Desde que el primer hombre de las cavernas ahorrara semillas de cereal para plantarlas en el futuro, la raza humana ha contraído una deuda de gratitud con los atesoradores, avaros y ahorradores. Es a esta gente que rechazó gastar de una sola vez toda su existencia de riqueza y eligió en su lugar ahorrar para tiempos de necesidad a la que debemos el equipamiento de capital que nos permite aspirar a un nivel de vida civilizado.
Por supuesto, es cierto que esa gente se hizo más rico que sus iguales y tal vez se ganara así su enemistad. Quizá todo el proceso de ahorrar y acumular fue en descrédito del ahorrador. Pero no se merecen esa enemistad. Pues los salarios que cobran las masas dependen íntimamente del grado de acumulación de dinero del ahorrador.
Por ejemplo, hay muchas razones que contribuyen al hecho de que el trabajador estadounidense gane más que, por ejemplo, su equivalente boliviano. La educación, salud y motivación del trabajador estadounidense desempeñan papeles importantes. Pero una contribución esencial al diferencial de salarios es la mayor cantidad de capital acumulado por los empresarios estadounidenses respecto de los bolivianos. Y no es un caso excepcional. El ahorrador ha sido decisivo en la historia para levantar al grupo por encima del nivel del salvajismo.
Tal vez se objete que hay una diferencia entre ahorrar (que se reconoce como algo productivo en el proceso de acumulación de capital) y atesorar (retirar dinero del gasto en consumo) y que mientras el ahorrador dirige su dinero a las industrias de bienes de capital, donde puede hacer el bien, el dinero atesorado es completamente estéril. El atesorador, se dice, reduce el dinero recibido por los vendedores al detalle, obligándoles a despedir empleados y reducir las órdenes de los intermediarios. A su vez, los intermediarios se ven obligados a reducir su personal y las órdenes a los mayoristas. Todo el proceso, bajo la influencia de los atesoradotes, se repetirá a lo largo de toda la estructura de producción. A medida que se despide a los empleados, habrá menos a gastar en bienes de consumo, agravando así el proceso. Así que el atesoramiento se ve como completamente estéril y destructivo.
El argumento es razonable, salvo por un punto esencial que este argumento de inspiración keynesiana olvida tener en cuenta: la posibilidad de cambios en los precios. Antes de que un empleado empiece a deshacerse de empleados y recorte sus órdenes a causa de vender menos, normalmente intentará rebajar sus precios. Hará rebajas o utilizará alguna otra técnica equivalente a una rebaja en precios. Salvo que sus problemas se deban a la irrebajabilidad de sus productos, sería suficiente para acabar con el círculo vicioso del desempleo y la depresión.
¿Cómo? Al retener dinero del mercado del consumo y no ponerlo a disposición para la compra de equipos de capital, el atesorador genera una disminución en la cantidad de dinero en circulación. La cantidad de bienes y servicios disponibles sigue siendo la misma. Como uno de los determinantes más importantes del precio en cualquier economía es la relación entre la cantidad de dinero y la de bienes y servicios, el atesorador genera una rebaja en el nivel de precios.
Pensemos en un modelo simplificado, pero no totalmente inapropiado, en el que todos los dólares de economía se cambian por todos sus bienes y servicios. Así que, cuantos menos dólares haya, mayor será el poder de compra de cada uno. Como el atesoramiento puede definirse como reducir la cantidad de dinero en circulación y, si todo permanece igual, menos dinero significa menores precios, puede verse fácilmente que el atesoramiento lleva a precios menores.
No hay ningún perjuicio en rebajar el nivel de precios. Muy al contrario: uno de los grandes beneficios es que toda la demás gente, los no avaros, se benefician de bienes y servicios más baratos.
Tampoco los precios más bajos generan depresiones. De hecho, la tendencia de alguna de nuestra más exitosa maquinaria ha seguido una curva acusadamente descendiente. Cuando se produjeron por primera vez coches, televisiones y ordenadores, tenían precios muy lejos del alcance del consumidor medio. Pero la eficiencia técnica tuvo éxito en rebajar los precios hasta que estuvieron al alcance de la masa de los consumidores. No hace falta decir que no se produjo ni una depresión y ni una recesión por estos precios más bajos. De hecho, los únicos empresarios que sufrieron a la vista de esa tendencia fueron los que siguieron el análisis keynesiano y no rebajaron sus percios a la vista de la caída de la demanda.
Pero lejos de causar una depresión en aumento, como pretenden los keynesianos, esos empresarios sólo consiguieron ir a la bancarrota. Para el resto, los negocios continúan tan satisfactoriamente como antes, pero con un nivel de precios más bajo. Por tanto, la causa de las depresiones reside en otro lugar.#
Tampoco tiene sentido la objeción al atesoramiento desde la perspectiva de que es perjudicial y fuerza continuamente a la economía a ajustarse. Aunque fuera cierto, no constituiría una acusación al atesoramiento, pues el libre mercado es principalmente una institución de ajuste y reconciliación de gustos divergentes y siempre cambiantes. Para criticar el atesoramiento desde este punto de vista, tendríamos que criticar también el cambio de la moda, pues continuamente obliga al mercado a un ajuste “fino”.
El atesoramiento ni siquiera es un proceso perjudicial porque por cada avaro guardando su dinero bajo su colchón, hay numerosos herederos de avaros descubriéndolo. Ha sido siempre así, y no es probable que esto cambie drásticamente.
Las afirmaciones de que al atesoramiento de monedas del avaro es estéril porque no da intereses como sí haría si se depositara en el banco tampoco son válidas. ¿Podría el dinero que tiene la gente en sus carteras ser calificado de estéril pues tampoco da intereses? Si la gente se abstiene voluntariamente de ganar intereses por su dinero y en su lugar lo mantiene en sus balances, esto puede parecernos inútil desde nuestro punto de vista, pero sin duda no es inútil para ella.
El avaro puede querer su dinero, no para gastarlo después, no para cerrar la diferencia entre gastos e ingresos, sino por el mero placer de tener existencias de caja. ¿Cómo puede el economista, educado en la tradición de la maximización de la utilidad, calificar el placer de estéril? A los amantes del arte que atesoran cuadros y esculturas valiosos no se les califica como participantes en un negocio estéril. A la gente que tiene perros y gatos sólo para disfrutar de ellos y no para invertir, no se le describe como participante en una actividad estéril. Los gustos difieren entre las personas y lo que estéril para uno puede estar muy lejos de serlo para otro.
El atesoramiento del avaro de grandes cantidades de dinero sólo puede considerarse como heroico. Nos beneficiamos de los niveles de precios más bajos que genera. El dinero que tenemos y queremos gastar se hace más valioso, permitiendo al comprador comprar más con la misma cantidad de dinero. Lejos de ser dañino para la sociedad, el avaro es un benefactor, aumentando nuestro poder adquisitivo cada vez que atesora.

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