Thursday, January 5, 2017

ALERGIAS


gasolina

Alergias

OSCAR ROMO SALAZARRECIENTES 
Apenas entrando el año me vi afectado por un problemilla de salud. Nada serio, gracias a Dios, pero es de esas cosas que te hacen sentir mal como de muerte. Fui a ver al médico y me preguntó, antes de hacerme la consabida receta, si era alérgico a algo. Le respondí que no, que no soy alérgico a ningún medicamento, y después de una breve pausa le dije que a lo único a lo que soy alérgico es a la gente pendeja, y que de esa clase hay abundancia por doquier. Se soltó riendo el médico (que seguramente tiene un macabro sentido del humor) y me contestó que él padecía la misma alergia que yo. Imagino que debemos haber muchos mexicanos alérgicos a la pendejez humana, que por lo que se ve, está creciendo de manera exponencial y amenaza con convertirse en una epidemia de estupidez.


Permítaseme en este punto aclarar que hay gente ingenua, sin malicia alguna, que se va con las fintas que los pendejos hacen, y se tragan cuanta pendejada les dicen, o peor aún, cuanta pendejada les llega por e-mail a su computadora, o por las redes sociales a sus teléfonos inteligentes, que ya deben estar volviéndose pendejos también, de recibir tanta basura. Pero insisto: Ser ingenuo no equivale necesariamente a ser pendejo, aunque la ingenuidad en un momento dado llegue a parecerse mucho a la pendejez.
En estos días, a partir del anuncio oficial, y de la entrada en vigor de los llamados “gasolinazos”, el ambiente social local, regional y nacional se ha visto inundado con expresiones de molestia, de rabia irracional incluso, de lo cual seguramente usted se habrá dado cuenta, a menos de que viva en una cueva en lo alto de un cerro, en medio del monte. Las redes sociales trepidan pidiendo la cabeza de los autores del tremendo madrazo que implica para la economía familiar el incremento en el precio de los combustibles. Sin duda, la liberación del precio de las gasolinas, y sus efectos colaterales, serán una amarga medicina muy difícil de tragar para el pueblo mexicano. Pero bueno, de peores golpes nos hemos levantado, aunque en estos momentos a nadie le interese recordarlo.
Si hay algo peor que ser pendejo, es ser un pendejo malintencionado, que es lo que están demostrando ser la bola de asnos que están haciendo circular por el espacio de los teléfonos inteligentes, Twitter y Facebook una serie inacabable de mensajes que piden toda clase de pendejadas, como por ejemplo no utilizar los Bancos, no pagar impuestos, no encender los televisores, ni los calentadores de agua, ni salir a la calle en automóvil, y una gama diversa de babosadas por el estilo con las que pretenden de poner de rodillas al gobierno federal. Por ahí y ñpor allá podemos ver a unos grupillos de tontos bloqueando casetas en las carreteras, inclusive las garitas de acceso a los Estados Unidos, otros igualmente tontos impidiendo el acceso del público a las Agencias Fiscales y otras dependencias relacionadas con las tesorerías públicas. Por eso les digo que la pendejez malintencionada cunde, y precisamente por eso puede llegar a resultar sumanente peligrosa.
Resulta imposible minimizar la dimensión del efecto que producirá el odiado “gasolinazo”, inventado por cierto por Felipe Calderón durante su presidencia. Desde entonces viene surtiendo efectos, con interrupciones momentáneas que han sido para el pueblo mexicano como bocanadas de aire fresco. El índice inflacionario se disparará, de eso no hay la menor duda, y los especialistas calculan de rondará el 20%, lo cual no augura nada bueno para una economía familiar sometida de por sí a tremendas presiones desde hace buen rato. Todo subirá… excepto los salarios de los trabajadores y empleados, que seguirán en niveles míseros muy por debajo de la infllación, lo cual significa una tremenda pérdida de capacidad adquisitiva para el ciudadano común y corriente, o sea la inmensa mayoría de los mexicanos.
Estoy absolutamente seguro de que el gobierno federal está consciente de todas estas cosas, y si decidió seguir adelantte con la liberación del precio de las gasolinas, que implica un tremendo desgaste desde el punto de vista de popularidad e imagen, es porque las cosas han llegado a un punto insostenible dentro de las finanzas nacionales.
Pero de ahí a pretender que el país sufra un colapso total bajo el inaceptable argunento de la corrupción, el dispendio en el gasto público, el sobrepeso del aparato burocrático y aspectos por el estilo, hay una distancia sideral. Argumentos que, desde luego, no dejan de tener su peso e importancia, pero que no bastan para justificar el colapso que pretenden los grupos desestabilizadores, cuyan raíces se hincan profundamente en los partidos opositores que se relamen los bigotes como gatos gordos ante un jugoso ratón, ante la oportunidad que el partido en el gobierno les está ofreciendo en bandeja de plata.
Estas cucarachas que infestan los drenajes de los partidos políticos mexicanos olvidan que México es su gente, no su gobierno, de igual manera que la Iglesia no es la jerarquía eclesial sino sus fieles creyentes. Ayer nada menos me llegó uno de esos mensajes sediciosos que promueven la anarquía sin conocer sus alcances reales, que terminada diciendo “si eres corrupto, no lo reenvíes”. Sentí que la sangre me hervía en la venas al ver tamaña estupidez, y me dieron ganas de estrellar mi modesto teléfono celular contra el suelo. Lo salvó mi falta de solvencia para adquirir otro nuevo.
Quiero pensar que una parte, al menos una parte muy pequeña, de los que están exigiendo con gritos y pataletas que las cosas vuelvan a su situación anterior al “gasolinazo”, están claramente conscientes de lo que pudiera ocurrir si el gobieno da reversa y cancela la lesiva medida. No sería nada raro, en vista del estado de acobardamiento en que se encuentra el gobierno de Enrique Peña Nieto, al que no le han quitado el guante de la cara desde que asumió la presidencia de la nación. Y un gobierno acobardado, sin nada firme de qué asirse, al que golpeado y sangrando por las mútilpes cortadas ha sido puesto contra las cuerdas, puede verse tentado a cometer el error del siglo, cuyas consecuencias serían de incalculables proporciones.
Los promotores del desastre no piensan en lo que sucedería si el gobierno federal recula y vuelve a sus políticas paternalistas de subsidios que se han mantenido durante decenas de años, con un costo incalculable para las finanzas públicas nacionales. Eso, aparte de que la vaca lechera ya no tiene más leche para dar, implica la reducción drástica en las partidas presupuestales que Papá Gobierno envía a sus súbditos de provincia, que tendrían que prepararse para recibir menos servicios de salud y de menor calidad, menos servicios de educación y de menor calidad, menos servicios de seguridad y de menos calidad, y así hasta el infinito. Ese panorama muy pocos, si es que alguien, lo está visualizando en medio del clima de odio y linchamiento que se está generando y que escala a un ritmo acelerado.
El gobierno federal no puede cancelar la liberación del precio de las gasolinas por la simple y elemental razón de que ya ha celebrado contratos con diversas compañías nacionales y extranjeras que están dispuestas a venir a México a jugársela en un mercado de competencia feroz. Tengo entendido que esta liberación está contenida en la vilipendiada Reforma Energética, que por cierto fue aprobada sin chistar tanto por el PAN como por el PRD al inicio del sexenio de Peña Nieto dentro del Pacto por México, y que ahora se asumen como los salvadores del pueblo, aumentados por Morena de López Obrador, y que, aprovechando que el clima es propicio están actuando como el verdugo que empuña el hacha parta cortarle de una vez por todas la cabeza al odiado PRI.
Nadie está dispuesto a esperar las reuniones de la Conago, ni las deliberaciones de alto nivel que pudieran ofrecer las medidas compensatorias que vendrían a actuar como paliativos para los ciudadanos de las diversas  entidades del país. Quizá estas medidad compensatorias no bastarán para curar el malestar, pero ciertamente podrían aliviarlo lo suficiente como para que el país siga funcionando en forma más o menos normal. Los gobernadores y algunos legisladores han empezado a solicitar al supremo gobierno y al Congreso de la Unión que cedan y cancelen el “gasolinazo”, lo cual puede suceder porque, como he dicho, si a algo le temen los políticos que buscan hueso es que su imagen sufra menoscabo y perder la poca simpatía que pueda aún sentir por ellos la raza de bronce.
Así están las cosas en estos primeros momentos de 2017, que ya sabíamos con antelación que vendría bravo como perro con hidrofobia, pero no tanto. Ni caso tiene pedir calma cuando las hordas de inconscientes se arremolinan por fuera de las murallas pidiendo a gritos el cuello de los que gobiernan. Los mexicanos necesitamos con urgencia una transfusión de serenidad, pero mucho me temo que no exista en estos monentos una solución que calme los ánimos de la turba que acude como un toro de lidia embravecido al llamado del capote rojo del torero.
Dios nos ampare en estos momentos de oscuridad y de pasiones desatadas, de furia ciega y deseos de sangre. Ya veremos qué es lo que queda de nuestro país después de que pasen por su territorio las hordas de Atila.

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