Wednesday, December 28, 2016

La sociedad de la información (o informática)




Por Gabriel Boragina © 
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Es bastante frecuente encontrar, hoy en día, comentarios que giran en torno a una tesis que dice que dado que vivimos una “revolución tecnológica” y sobre todo informática, las masas están “más” informadas, y este proceso está despolitizando a la sociedad, haciéndola más independiente y menos influenciable a las decisiones de los políticos tradicionales.

Así se habla del “poder del ciberespacio” y se dan ejemplos como los de los triunfos electorales de ciertos candidatos políticos que, según las encuestas tradicionales, no tenían posibilidad de chance, atribuyéndose estos éxitos precisamente a ese supuesto "poder ciberespacial". 



Nos parece que esos conceptos son sumamente ligeros, exagerados y sobredimensionados. Veamos nuestras razones para afirmar esto:

La llamada “revolución tecnológica” primero y después “revolución informática” no es otra cosa que la actualización y multiplicación (casi al infinito, es verdad) de la cantidad de información disponible para las personas. Pero, como en tantos otros casos, esa sobreinformación, ahora utilizable y no antes, poco o nada nos dice de la calidad de la misma. Ni mucho menos acerca de criterios de verdad/falsedad en relación a esa calidad. Posiblemente, la oferta informativa supere la demanda. Esto determina la devaluación de esa información.

Es cierto que la sociedad dispone de mayor información que nunca antes, pero no lo es que esa masa de información asegure una mejor calidad de la misma. Más bien se registran casos inversos.

Históricamente, los déspotas del mundo han aprovechado sistemáticamente a favor de sus planes de dominación todos los avances e innovaciones tecnológicas que han ido apareciendo a lo largo de los tiempos.

Desde Atila, pasando por Julio Cesar, Nerón, Napoleón, Hitler, Mussolini, Lenin, Stalin, Perón, Castro, en adelante, todos ellos -y muchos más- pusieron a su entero servicio cada nuevo descubrimiento tecnológico que les permitiera llegar a cada vez más cantidad de gente. Y en muchos casos con bastante éxito.

Desde mi punto de vista, el mundo está lejos aún de una despolitización total de la sociedad, y los medios tecnológicos no son la causa de lo que se señala como contrario. Los medios informáticos no son más que instrumentos trasmisores. No son actores de ningún cambio de fondo. Porque la información no forma, sino que como su mismo nombre lo indica, sólo informa. Y -como en tantos otros casos- la cantidad va en desmedro de la calidad, en un proceso similar al que se verifica en el campo de la economía con la inflación, en el que la emisión de cada nueva unidad monetaria degrada su propio valor en relación al conjunto. Se obvia, con mucha ligereza, la calidad del conocimiento que, nuevamente insistamos, nada nos dice sobre la calidad del mismo.

Creo que la historia -de algún modo- confirma mi tesis: Tiranos han aparecido en sociedades tenidas por muy "cultas" como antiguamente en Roma, y modernamente en Francia, Alemania, Italia, España, y en otros lugares del planeta en distintas épocas. Y ninguno de los déspotas allí surgidos menospreció ni dejó sin echar mano a los adelantos y progresos tecnológicos de cada una de sus épocas. En realidad, estas sociedades estaban más informadas que culturalizadas, pero esa información era de muy mala calidad, al punto tal que sirvió a los planes de los tiranos que recurrieron a ella.

Otro aspecto que se soslaya alegremente en esos pronósticos futuristas que anuncian el fin de las ideologías (al estilo de modernos “Francis Fukuyamas”) es la limitada capacidad humana para asimilar la enorme masa de información ahora disponible. No somos omniscientes, ni la informática nos transformó en tales. Si bien la tecnología ha multiplicado los medios de acceso a información de cualquier tipo, no obstante ello, la capacidad humana para incorporar -intelectualmente hablando- semejante masa de material informático sigue siendo la misma, dado que aun la ciencia no ha hallado métodos similares para que el cerebro humano pueda recibir, absorber, procesar y concentrar absolutamente toda la información que recibe, y que nunca es “toda” por dicho motivo. Solo somos capaces de asimilar, por muy inteligentes que nos consideremos los seres humanos, una pequeña parte -en términos relativos- de todo el cúmulo de material informativo disponible. Hay notables limitaciones de orden físico, biológico y temporales implicadas en este proceso.

Siempre, históricamente hablando, el poder estuvo en manos de aquellos que tienen y usan la mejor información. Esta no es una característica exclusivamente del presente. En todos los tiempos pasados fue perpetuamente así.

Se confunden los medios o modos de ejercer el poder con los sujetos que ejercen ese poder. También, se cree que los sujetos detentadores del poder cambiaron -en función o por causa- de los medios, cuando no ha sido de esa manera. Los sujetos (como categoría) no cambiaron, cambiaron los medios. De manera tal que, no resulta relevante si el político antiguo era un guerrero devenido en rey, o en el sigo XIX lo fueron los ricos (riqueza -aclaremos- obtenida por la fuerza). Guerra o dinero, sólo eran medios usados por los políticos para llegar y conservar el poder. Y la información, no era por cierto inexistente, ni mucho menos irrelevante en los antiguos tiempos, sino que se transfería igualmente, pero de modo más lento y en menor cantidad que hoy en día.

El poder en sí mismo no cambia, la sociedad política y la sociedad civil perviven en todas las épocas, cambian los nombres de los que componen una y otra, y -en cuanto a la política- los modos de acceder y conservar ese poder. Entre esos modos, están las distintas “revoluciones tecnológicas” y la que ahora está en boga llamar cibernética o informática.

Otro aspecto dejado de lado por los optimistas de la “revolución informática” es el siguiente: La información por sí sola no da poder. Este depende -en parte- del uso que se dé a esa información. La información sin acción es igual a nada. El individuo o la sociedad más informada del mundo es nadie o nada si nada hace con todo ese material informativo. Por lo demás, el mero uso de la información tampoco otorga poder. El mal uso no confiere poder, sino que lo quita. Hay muchos cabos sueltos en las tesis de los optimistas liberales de la información ciberespacial.

Otro aspecto ignorado, la mayoría de las veces, es que la información siempre se refiere al pasado o presente, pero no al futuro. El dato de ahora puede ser completamente diferente al de más tarde.

Otro factor omitido por los optimistas liberales de la información ciberespacial es el que la interpretación de la información está teñida de subjetividad, y -no sólo eso, sino que- afectada por las intersubjetividades humanas, lo que le resta utilidad, dado que esas intersubjetividades son constantemente mutables, variables.

Otro error en la tesis de los optimistas de la libre información ciberespacial es el que este nuevo "fenómeno" (como les gustan llamarlo) ahora implicaría competencia en el ciberespacio, una nueva área no sujeta a monopolios puesto que el territorio ahí es inexistente. Esta idea es completamente defectuosa por varias razones, entre ellas una técnica y otra económica. Expongámoslas brevemente:

1.       Desde el enfoque técnico, el ciberespacio -en rigor- no existe. Internet no deja de ser una red infinita de computadores interconectados entre sí a través de servidores (que -a su vez- son grandes computadores). Y la información -que metafóricamente se dice alojada en “la nube”-, no está depositada en ninguna “nube”, sino en poderosos servidores que están ubicados en diferentes puntos del planeta Tierra (no en Marte ni en la galaxia como imaginan algunos). De modo tal que, estos servidores físicos ubicados en tierra firme son perfectamente monopolizables por uno o más gobiernos.

2.       Desde el punto de vista económico, los monopolios pueden darse dentro de un territorio o fuera de él. Ejemplos de esto más que sobran:

a.       En tiempos de la colonia la metrópoli tenía el monopolio del comercio con las Indias Orientales, e igualmente fue durante varios siglos. Es decir, fuera de su territorio. Y no fue la cibernética la que terminó con dicho monopolio.

b.      La propiedad de las ondas electromagnéticas, televisivas, radiales, y de los proveedores de internet (aun cuando en algunos casos suelen ser privados) están fuertemente regulados por las legislaciones estatales.

c.       En muchos supuestos, la propiedad de las ondas electromagnéticas, frecuencias de radio, televisión por aire y cable, y de telecomunicaciones, está directamente en manos de los estados-nación o -en algunas circunstancias- de privados, pero controlados legislativamente por los gobiernos. O peor aún, concediendo los gobiernos monopolios en estas áreas a empresas privadas. Nada parecido a libre competencia.

La idea de “monopolio” como asociada a un territorio es caduca. Los déspotas siempre han intentado y logrado captar y cooptar los medios de comunicación, información y –ahora- informáticos también. La competencia sigue -en tal caso- siendo limitada y regulada, aun con sus escasas excepciones.




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