Saturday, October 22, 2016

Liberalismo no salinismo





“Hace ya más de dos décadas, decepcionado por los acontecimientos que provocaran una de las crisis más graves de la historia de México desembocando en la expropiación de la Banca, decidí buscar nuevos horizontes en los EU. Era principio de los años 80s, una de las épocas más tristes de México. ”
RICARDO VALENZUELA
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Hace ya más de dos décadas, decepcionado por los acontecimientos que provocaran una de las crisis más graves de la historia de México desembocando en la expropiación de la Banca, decidí buscar nuevos horizontes en los EU. Era principio de los años 80s, una de las épocas más tristes de México.

Arribé confundido por los eventos que atestiguara en México durante los primeros años de vida profesional. La docena trágica de Echeverría y López Portillo. En mi mente tenía muy claro cómo los modelos económico-políticos manejados en mi país, lo estaban destrozando ante la desesperación de su pueblo. Pero la confusión más grande que enfrentaba, era atestiguar la forma tan grotesca que nuestro capitalismo mexicano funcionaba.
 
A pesar de mi formación en la facultad de economía y administración del Tecnológico de Monterrey, nunca pude entender el seudocapitalismo mexicano girando totalmente alrededor del gobierno, ese capitalismo en que contaban más las relaciones políticas que las cualidades humanas, el conocer al gobernador, que una visión y un sueño.

Por suerte hice mi debut en los EU cuando Ronald Reagan iniciaba su revolución en contra de un aparato gubernamental que había crecido sin control, y amenazaba con devorar a sus ciudadanos. Con asombro pude observar cómo Reagan definía un gobierno que había pretendido resolver los problemas económicos con el moto: “Si se mueve, cóbrale impuestos. Si se sigue moviendo, regúlalo. Si deja de moverse, hay que subsidiarlo.” El gobierno federal, aseguraba Reagan, gastaba billones de dólares inventando curas milagrosas para enfermedades que no existían. En su visión, aseguraba también que las palabras más peligrosas del idioma inglés eran: “Hola, soy oficial del gobierno y estoy aquí para ayudarte.”

Unos años después fui testigo de cómo Reagan, de pie frente a la muralla de Berlín, gritaba; “Sr. Gorbachev, si usted realmente quiere la paz, si usted busca la liberación de la humanidad, venga aquí. Sr. Gorbachev, venga aquí y derribe esta muralla.” La muralla se derrumbó y con ella el gran símbolo de opresión de la humanidad que representaba el comunismo. Con la destrucción de la muralla de Berlín pude leer en los diarios del mundo cómo Hayek, desde su casa en Austria, observó con lágrimas en los ojos el acontecimiento que había pronosticado. El viejo liberal quien toda su vida había luchado por sus ideas, al final de ella veía la coronación de su cruzada.

Ante ese nuevo panorama me aboqué a investigar más acerca los conceptos que Reagan manejaba con tanta elegancia y claridad. Fue entonces cuando descubrí el verdadero liberalismo. El liberalismo que en los corredores del Tecnológico habíamos tocado de una manera somera y superficial. El liberalismo de Jefferson, Adam Smith, Locke, Bastiat, el liberalismo de Milton Friedman, Von Mises, Hayek. En esos momentos sentí me quitaban una venda de los ojos. Las grandes interrogantes que me habían perseguido por tanto tiempo se despejaban. Finalmente entendía que el capitalismo crony de México no era liberalismo, el capitalismo mafioso y tropical de América Latina, no era liberalismo.

Tuve suerte y en mi ruta de descubrimiento pude conocer seres humanos que marcaron mi vida intelectual. En mi proceso de introspección tuve la oportunidad de conocer a un Milton Friedman, cuyos consejos valúo siempre como tesoro. Mi maestro Art Laffer a quien considero mi padrino intelectual. Al gran Gordon Tullok quien fue de invaluable ayuda al inicio de nuestra Fundación. Judy Shelton a quien siempre he admirado después de haber devorado su primer libro.  

Sin embargo, siempre tuve la inquietud de conocer posibles liberales de América Latina o saber si los había, dada la tradición estatista de nuestras sociedades y sistemas educativos. Esa inquietud me llevó a conocer—si no personalmente—sí a través de sus escritos, a uno de los más grandes; Mario Vargas Llosa. Conocía la grandeza de Vargas Llosa como literato, pero fue para mí una rica oportunidad de conocerlo como un gran liberal al iniciar la lectura de su columna que publica en la revista peruana, Caretas. El primer artículo de Don Mario que tuve la oportunidad de leer, hacía una distinción entre liberalismo y neoliberalismo que realmente me dejó impactado. En ese momento me comprometía con el concepto liberal para el resto de mi vida.

A través de las humeantes páginas en las obras de Vargas Llosa, pude conocer a otros liberales latinoamericanos como Hernando de Soto y su extraordinario libro, “El otro Sendero,” en el que hace una descripción de la economía informal de Perú y él por qué nacen en nuestros países esas economías como respuesta del mercado a las regulaciones estúpidas de nuestros gobiernos. A su hijo Álvaro quien, con Apuleyo y Montaner, publicara “El Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano,” obra que ha levantado una gran polvareda entre nuestros políticos demagogos en toda la región. Al Dr. Manuel Ayau, fundador de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, la única Universidad liberal de América Latina.

Me cautivó un escrito de Vargas Llosa de principios de los 90s en el que reza: “Se llama liberal la política de Salinas de Gortari en México que ha destrabado la economía, si, pero preside un régimen seudodemocrático en el que el partido gobernante ha perfeccionado a tal extremo sus técnicas para perpetuarse en el poder que, por lo visto, ya ni siquiera necesita amañar las elecciones para ganarlas.” “Los verdaderos liberales, seguía Vargas Llosa, “fueron los que en América Latina se enfrentaron a los conservadores en nombre del laicismo. Los que combatían la religión de Estado y querían restringir el poder político y económico de la iglesia. Siguiendo las ideas de Jefferson, abogaban por un Estado pequeño, un gobierno que casi, casi no lo fuera.” La verdadera liberación del ser humano.”

Sin embargo, esa liberación no llega a México aun saboreando la ansiada democracia y seguimos atrapados en el estatismo. Después de casi una década huérfanos del partido de Salinas, todo indica que la plebecracia de nuevo lo reclama y el PRI navega hacia la prepotencia de antaño y, como escribía Vargas Llosa, sin tener que amañar las elecciones. Tal vez, como afirma otro gran liberal cubano, Carlos Alberto Montaner, no sea problema de partidos, es un problema de cultura provocando el subdesarrollo que nos atrapa y encadena.

Por su sabiduría y honestidad intelectual, Don Mario es odiado por los tiranos tropicales. Hace unos meses en su arribo al aeropuerto de Caracas, casi fue linchado por los matones de Hugo Chávez. Pero la noticia en relación al gran liberal, es que acaba de visitar Chile para felicitar a su nuevo presidente. De inmediato, al igual que en México de aquel año 2000, diputados de oposición pidieron que se le expulsara del país por ser un extranjero indeseable. Recordé entonces las palabras de Monsiváis; Sres. Congresistas, además del ridículo, hagan algo.

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