Wednesday, October 26, 2016

Conversaciones con el tío Gilberto (VIII)




“Los cuatro años del gobierno del Gral. Obregón terminaban, y no habían sido suficientes para asentar y consolidar el país. Harding, luego de heredar una seria recesión, con un hombre como Andrew Mellon en la Tesorería, de inmediato la vencía con una simple receta; el recorte de los gastos del gobierno en un 40%. Se iniciaba el boom y era lo que yo veía como la gran oportunidad para México.”


RICARDO VALENZUELA
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Prosigue don Gilberto.
“Semanas después estábamos instalados en la bella ciudad de Bruselas y tu padre asistía ya al Real Ateneo de Bruselas, un exclusivo colegio fundado por Napoleón a principios del siglo XIX, en donde batallaba en su admirable esfuerzo para aprender el francés. Mi estancia en el viejo Continente me abriría los ojos como nunca. Europa todavía no se reponía de la primera guerra mundial y el ambiente que se respiraba, era de mucha tensión ante resentimiento de alemanes descontentos con las condiciones impuestas en los tratados de paz que le daban fin a la guerra.


 
Rusia había ya abrazado el comunismo y surgía como una potencia militar con clara intención de expandir sus tentáculos. El liberalismo que navegara por todo el continente durante todo el siglo XIX y la primera década del presente, poco a poco se extinguía para darle paso a una variedad de nuevos arreglos económico, políticos y sociales entre los cuales, ya en Italia, Benito Mussolini enseñaba sus primeras cartas, en España una rara efervescencia emergía de todos los rincones, en Inglaterra el partido laboral cada vez tomaba más fuerza. Pero lo más preocupante, una Alemania en vías de una recuperación mezclada con una sed de venganza, nacionalismo y un pueblo que perdía la confianza en su Kaiser.
No había duda de que Europa, durante el siglo XIX, había creado enorme riqueza y países como Inglaterra establecían colonias por todo el mundo desde África, el medio Oriente, hasta China. Los conflictos religiosos que la habían azotado en siglos anteriores, quedaban en el pasado pero ahora emergían otros de naturaleza más grave. El mundo se encontraba en esos momentos todavía en la etapa de expansión territorial que había sido la característica mundial de toda la historia. En la edad media, existía la grave creencia de que la riqueza era algo estático y para adquirirla, si no se heredaba, había que arrebatarla invadiendo otros países como ya lo habíamos atestiguado en México.
Si en alguna época de la historia había una confusión ideológica mundial, era en los momentos en que yo arribaba a Europa. La etapa de la agricultura y de la economía feudal, había tenido una vida de más de mil años. Pero durante el siglo XIX, la revolución industrial, en menos de cien, provocaba cambios y contorsiones globales difíciles de asimilar y para muchos entender. El mapa geopolítico del mundo se modificaba de forma radical creando la región occidental de gran riqueza, mientras que el resto del planeta permanecía prácticamente en un estado de inmovilidad en medio de su pobreza ancestral. En los últimos cien años, la humanidad atestiguaba cambios que modificaban el entorno mundial de los mil anteriores y ello, provocaba angustia.
EU, desde su nacimiento, establecía una nueva pauta como el primer país del mundo moderno que abrazaba la democracia y los mercados libres. El único país naciendo sin antecedentes monárquicos, mercantilistas ni aristócratas, desconectando el poder político de la religión tanto que Jefferson lo identificara como una república comercial. La vieja “inteligenza” que había dominado el escenario mundial durante siglos, miraban el experimento con gran preocupación esperando fracasara. Pero las profecías de Tocqueville se hacían realidad cuando surgiera el nuevo país como el ejemplo global. Europa continuaba siendo el continente de la realeza y los EU, era ahora el de los negocios y la meritocracia. La gran sabiduría exhibida por los padres de esa patria con su creativa fórmula para desconcentrar el poder, creaba un país de oportunidades en el cual, cualquier hombre podía aspirar a llegar a la cúspide de la pirámide social, antes reservada para la realeza y aristocracia.
Pero por la misma novedad del proceso, como los nacientes ríos con su primera avenida causan destrozos hasta encontrar su cauce permanente, el nuevo arreglo económico servido por el liberalismo requería de un marco general que le permitiera desarrollarse de forma ágil, efectiva y, sobre todo, justa. El liberalismo, en su primera etapa, me parecía como las piñatas de mi niñez en Sahuaripa cuando eran quebradas y, como magia, caían aquella infinidad de dulces y golosinas para todos los asistentes. Pero luego surgían los chamacos más grandes y fuertes para apoderarse de todo, dejando para los demás las puras cáscaras de los cacahuates. Yo no tenía duda alguna de que el liberalismo era la fórmula mágica para producir riqueza, pero ante lo novedoso, me daba cuenta también de que había los chamacos grandotes que se apoderaban de todos los dulces de la piñata.
Esta problemática, era aprovechada por una serie de fuerzas con agendas muy prolíficas pero que coincidían en un objetivo: Desprestigiar esa nueva forma de arreglo económico para recuperar poder en unos casos, y en otros, una autentica preocupación de proteger a los desvalidos ante lo que ahora operaba y no se había conocido durante los siglos mercantilistas; la libre competencia. Esto también abría un nuevo campo de batalla en el cual se enfrentarían una serie de instituciones que desfilaban, desde la iglesia católica, las viejas monarquías, los tradicionales negociantes mercantilistas, estados constituidos con antecedentes de muchos siglos y, ya en esos momentos, infinidad de los llamados intelectuales con diferentes posiciones.
Este novedoso panorama ante mi vista, me daba las armas y me permitía llevar a cabo comparaciones con el proceso mexicano. La gran diferencia y mi gran preocupación, era en el sentido que Europa, durante el siglo XIX, a pesar de lo desorganizado del proceso, había creado torrentes de riqueza y ello le daba margen para llevar a cabo experimentos con el riesgo que, en un momento dado podían fallar. En México, después de un siglo XIX perdido en guerras por ese afrodisíaco poder, luego una revolución que destrozaba lo poco logrado, no teníamos margen de maniobra para fallar puesto que, en más de cien años de independencia, lo único que habíamos creado era una gran pobreza y graves resentimientos sociales.
Yo había sido testigo de cómo el Gral. Obregón, con esa gran sabiduría, trataba de apuntar el timón del averiado buque hacia puerto tranquilo pero navegando todavía en un mar de rugientes tempestades. Un solo hombre no podría estabilizar el buque, especialmente cuando cargaba una tripulación cuyos compases apuntaban a puntos y destinos diferentes. El proceso de rehabilitación de México debería de tomar muchos años pues así era su estado comatoso y sin las debidas instituciones, que no existían ni se creaban, yo no podía apostar a la conformación del proceso requerido.
Pero también identificaba una gran oportunidad. En los EU, luego de la administración de Wilson, quien se convirtiera en el pionero del nuevo gobierno hercúleo que se avizoraba en el horizonte, tomaba el timón el nuevo presidente, Harding, y el país vecino iniciaba una era de prosperidad sin precedente, que luego se conocería como los rugientes años 20. México tenía la oportunidad de colgarse a ese tren. Los cuatro años del gobierno del Gral. Obregón terminaban, y no habían sido suficientes para asentar y consolidar el país. Harding, luego de heredar una seria recesión, con un hombre como Andrew Mellon en la Tesorería, de inmediato la vencía con una simple receta; el recorte de los gastos del gobierno en un 40%. Se iniciaba el boom y era lo que yo veía como la gran oportunidad para México.”
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